15 octubre 2011

The life's worth it


No pretendo dar clases existenciales a nadie, ni hablar de mi largo y exitoso paso por el globo como si en vez de quince años tuviera cuarenta. Sólo trato de constatar un hecho: la vida sí vale la pena. Leer, escribir, sentir la música cuando la escuchás, que se te ponga la piel de gallina con una película y terminás llorando con esas patéticas comedias románticas que, en el fondo, todo el mundo adora. Todo eso, al igual que las guerras, el hambre y una incesante sucesión de cochinas desventuras forma parte de la vida.

Pero ¿por qué hablar de lo malo? ¿por qué sentarme acá, con mi madeja de lana en el regazo y gafas de abuela vieja, y no contarles sobre lo bueno, lo épico, lo bonito de este mundo? Dejá de mirarme así, lo hay. Ya va a haber tiempo para llorar en el mundo real (desgraciadamente, va a haber tiempo de sobra); vamos a dejar que este rincón se llene sólo de arcoíris, unicornios y los cuentos que nos contaban cuando éramos chicos. No, no tengas vergüenza de admitir que a vos también te gusta todo eso, ¿y qué si te hace sentir otra vez como un nene chiquito? Vos y yo tenemos un trato: no vamos a crecer nunca. Seremos siempre chiquitos por dentro.

Cuando algo realmente feo asoma la nariz en nuestras vidas (y no, no me refiero a un wachiturro), nos asustamos (y es bonito, eso de asustarse, porque significa que estás vivo) y ponemos en duda todo aquello que conocemos. Algo feo como la enfermedad de un familiar, la muerte de un amigo, de un conocido o de un desconocido que te ha afectado especialmente porque sí, porque a veces somos así de sensibles. Entonces el mundo se nos viene abajo y lo vemos todo del color de las hormigas, pero es importante que sepas que te queda mucho camino por delante para superarlo. No importa si tienes quince años, treinta, cincuenta o ciento veinte porque siempre, siempre vas a poder superarlo si te queda algo de esperanza. Así que guardala bien y no la pierdas, esa poca esperanza color verde esmeralda que todos tenemos dentro, porque uno nunca sabe cuándo va a necesitarla.

Y sé fuerte, ¿dale que sí? Como los héroes de las historias que tanto nos gusta leer. A lo mejor no siempre hay una persona que te preste su hombro pero acá nunca te faltará una historia sobre la que poder llorar.
(Y reír. Reír hasta el infinito y más allá)

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